Cada cumpleaños me escribo una carta que no abro hasta el siguiente.
En ella me cuento qué me preocupa, qué deseo y qué creo que habrá cambiado.
Casi nunca acierto. Lo que me preocupaba suele haberse resuelto solo, y lo que deseaba ha cambiado de forma. Pero leer al Diego del año anterior me enseña a ser más paciente con el de ahora.
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