No necesito viajar lejos para asombrarme. Me basta con la luz de las siete de la tarde sobre la cocina.
Hay una hora del día en la que todo se vuelve dorado: los vasos, las migas, las manos.
He aprendido a esperarla como quien espera a una visita querida. Y cuando llega, dejo lo que esté haciendo y la miro. Dura muy poco. Precisamente por eso.
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