Vivimos corriendo, llenando cada espacio, cada minuto. Hasta la espera del autobús la ocupamos con una pantalla, como si el vacío fuera algo peligroso que hubiera que tapar cuanto antes.
Pero detenerse también es avanzar. Los caminantes lo saben: de vez en cuando hay que parar, beber agua, mirar el mapa y comprobar que el sendero sigue llevando a donde queríamos ir.
A veces, parar es la única forma de saber hacia dónde vamos. Y otras, simplemente, es la única forma de darnos cuenta de que ya hemos llegado.
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