Nos pasamos buena parte de la vida intentando encajar: en el grupo, en el trabajo, en lo que se espera de nosotros. Y encajar es cómodo, pero pequeño.
Ser uno mismo da vértigo. Implica decir «a mí no me gusta» cuando a todos les gusta, o «yo sí» cuando todos dicen que no. Implica, a veces, quedarse un rato a solas.
Pero hay una recompensa que no se consigue de otra forma: la tranquilidad de no tener que sostener un disfraz. Y eso, créeme, pesa mucho menos.
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