Hay días en los que la cabeza parece un cajón de sastre: botones sueltos, hilos enredados, una cremallera que no sabes de dónde ha salido. Esos días escribo. No para hacer literatura, sino para vaciar el cajón encima de la mesa y ver qué hay.
Escribo para poner orden en el caos, para escucharme mejor, para entender lo que siento y lo que pienso. Lo que en la cabeza da vueltas sin descanso, en el papel se queda quieto y se deja mirar.
Escribir no cambia las cosas, pero cambia la forma en que las miro. Y eso, a veces, es casi lo mismo.
Si nunca lo has probado, coge un papel cualquiera y escribe tres líneas sobre cómo estás. Sin adornos. Luego léelas en voz baja. Puede que te sorprenda lo mucho que sabías sin saber que lo sabías.
Escribir no cambia las cosas, pero cambia la forma en que las miro. Me lo apunto.