El tren llegó con diez minutos de retraso a una estación pequeña, de esas que ya no salen en los mapas importantes.
Lucía bajó con una maleta ligera y una sensación extraña en el pecho: como si algo, sin saber qué, estuviera a punto de empezar.
Había llovido hacía poco y el aire olía a tierra mojada y a comienzos. Se ajustó la bufanda y caminó hacia la salida.
Entonces lo vio. Un hombre mayor, sentado en un banco de madera, leyendo un libro con las páginas ya amarillas. No había nada especial en él. Y, sin embargo, algo en esa escena la detuvo en seco…
—¿Espera usted a alguien? —se oyó preguntar, antes de decidir si quería hacerlo.
El hombre levantó la vista despacio, como quien vuelve de un viaje largo. Cerró el libro con un dedo entre las páginas y sonrió.
—Esperaba a que alguien me lo preguntara —dijo—. Llevo cuarenta años viniendo a este banco los martes.
Lucía se sentó a su lado sin pensarlo. El tren ya se había ido y, con él, la prisa. Él le habló de una mujer que prometió volver en el tren de las cinco, de las cartas que se fueron espaciando y de cómo, con los años, dejó de esperarla a ella para empezar a esperar otra cosa: la conversación de los desconocidos que, como Lucía, se detenían sin saber por qué.
—La gente cree que las estaciones son lugares de paso —le dijo—. Yo creo que son lugares de encuentro. Solo que casi nadie se queda el tiempo suficiente para comprobarlo.
Cuando Lucía por fin salió de la estación, ya era de noche. No recordaba a qué había ido a aquel pueblo. Pero supo, con una certeza tranquila, que volvería algún martes.
Y colorín colorado… ¡gracias por haberlo acabado!
Se me ha puesto la piel de gallina con el final.
Precioso. Las estaciones como lugares de encuentro… qué gran idea.
Me he quedado con ganas de sentarme en ese banco un martes cualquiera.