Al vaciar la casa de su madre, Andrés encontró una caja de galletas llena de sobres. Todos llevaban su nombre. Ninguno tenía sello.
La primera carta era de cuando él tenía diez años y se había roto el brazo. La última, de hacía un mes. En medio, treinta años de cosas que ella nunca supo decir en voz alta.
Andrés las leyó todas esa noche, sentado en el suelo de la cocina. Y al terminar, cogió un papel y empezó a escribir la respuesta.
Y colorín colorado… ¡gracias por haberlo acabado!
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