La radio no funcionaba. Eso fue lo primero que dijo Inés, y lo último en ochenta kilómetros.
Clara conducía con las dos manos en el volante, como le enseñó su padre, y miraba la línea blanca como si en ella estuviera escrita la manera de empezar.
Fue en una gasolinera, comprando dos cafés que ninguna había pedido, cuando Inés se rió de algo absurdo: la máquina había servido chocolate. Y Clara se rió también. Y el silencio de tres años se rompió como se rompen las cosas que llevan mucho tiempo tensas: de golpe, y sin hacer daño.
Y colorín colorado… ¡gracias por haberlo acabado!
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