En el taller de su abuelo, cada copa tenía una nota. Él las hacía sonar pasando un dedo húmedo por el borde y cerraba los ojos, como si alguien le contara un secreto.
Marta tenía siete años y solo oía un pitido.
Veinte años después, con el taller cerrado y las estanterías cubiertas de sábanas, volvió a mojar un dedo y lo pasó por la primera copa que encontró. Sonó un la limpio, largo, que se quedó flotando en el polvo.
Y entonces, por fin, lo entendió: no era la copa la que cantaba. Era el tiempo que alguien había puesto en ella.
Y colorín colorado… ¡gracias por haberlo acabado!
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