Tenemos una facilidad asombrosa para acostumbrarnos a lo bueno. Lo que ayer nos parecía un regalo, hoy es lo normal, y mañana ni lo vemos.
Por eso intento practicar un agradecimiento pequeño y diario: el pan recién hecho, una ventana con sol, alguien que te guarda el último trozo de tarta.
No hace falta un diario ni un ritual. Basta con darse cuenta. Lo cotidiano, mirado con atención, tiene algo de milagro.
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